A 52 años de su ausencia, El General no tiene quien le escriba
Por Marco Mazzino
¡Escúchame! Sí, te hablo a vos, que miras de reojo tu carnet de afiliado o que guardas la foto del General en tu casa como un recuerdo valioso. Acércate un poco. Sentate conmigo. Vamos a charlar un rato, como nos gusta a los argentinos cuando las cosas no van bien.
Pasaron52 años desde que murió el General. Más de medio siglo. Cincuenta y dos años desde que la Argentina se quedó sin el hombre que cambió el mapa sentimental y político de nuestro país. Y hoy, cuando miramos alrededor, nos damos cuenta que el General no tiene quien le escriba. Peor aún: los que intentan escribirle no saben qué decir.
El peronismo, un movimiento que nació para darle dignidad a los trabajadores y para cambiar las cosas, hoy está enfermo. No encuentra cómo renovar su liderazgo, no encuentra su camino y, lo que es peor, está perdiendo la conexión con el pueblo.
La verdad es que el peronismo de hoy es como un edificio que se está cayendo. Desde que no hay un líder fuerte, la política se ha convertido en una pelea entre grupos por el poder. ¿Qué es el peronismo hoy? Si le preguntás a tres dirigentes, te van a dar cuatro respuestas diferentes. No saben qué decir.
El problema no es que no haya candidatos; hay muchos nombres en los portales. El problema es que no hay líderes. Un líder es alguien que puede mostrar el camino y hacer que la gente sienta que ese camino es el suyo. Hoy, la conducción del peronismo parece ser un juego de números y encuestas. Se olvidaron de que el General no leía encuestas; Leía la realidad en la cara de los humildes.
La crisis del peronismo es una crisis de identidad y de representación. El trabajador ha cambiado; ya no es solo el obrero de fábrica. Hoy hay monotributistas, trabajadores de la economía popular, jóvenes que no creen en el Estado. El discurso del peronismo se ha vuelto endogámico; se habla para los propios. La sociedad no entiende lo que se le está diciendo.
El peronismo se ha vuelto defensor del statu quo; ya no es el movimiento que pateaba el tablero. Se ha vuelto un partido que administra las derrotas. Nos dejamos ganar la palabra “libertad»; Nos dejamos correr por la derecha y la izquierda. El peronismo, que hizo de la Independencia Económica y la Soberanía Política sus banderas, hoy se encuentra atrapado en debates de superestructura.
Perón dijo que la doctrina no es un dogma; es una guía para la acción. Decía que el mundo cambia y que hay que cambiar con él. Pero es más fácil colgar el cuadro del General y repetir como loros que sentarse a pensar cómo se aplica la justicia social en la era de la inteligencia artificial.
Transformamos el movimiento en una pieza de museo. “Miren qué lindos éramos en el 45, miren qué revolucionarios en los 70”. Todo eso es bonito, pero el joven de hoy no vive de los recuerdos de sus abuelos. Vive de su presente y de su futuro. Si el peronismo solo tiene pasado para ofrecer, se va a convertir en una fuerza arqueológica.
¿Quién le escribe al General? Para que alguien le escriba, primero hay que bajarse del pedestal de la soberbia. La renovación del liderazgo no va a venir de un dedo divino ni de una componenda entre políticos. Va a venir cuando aparecen dirigentes que vuelvan a conectarse, que dejen de hablar en difícil y que entiendan que la realidad es la unica verdad.
No se trata de tirar a los viejos por la ventana; se trata de que los que tienen la responsabilidad de conducir dejen espacio para que florezcan nuevas ideas, nuevas lógicas. El peronismo necesita federalizarse en serio, necesita llenarse de jóvenes que tengan ganas de transformarse y no de conseguir un cargo en un ministerio.
Cincuenta y dos años de ausencia es mucho tiempo para vivir de rentas. El crédito histórico no es eterno. El peronismo se encuentra hoy en una encrucijada histórica: o se reinventa, recuperando su esencia transgresora, mayoritaria y transformadora, o se resigna a ser una fuerza testimonial, un partido del orden residual que administra las derrotas.
Al General no hay que escribirle cartas de nostalgia; hay que contestarle con hechos. Hay que demostrarle que su legado no fue una marca registrada para ganar elecciones, sino un método para hacer feliz al pueblo y grande a la Nación. Dejen de mirarse el ombligo, salgan a la calle, escuchen el ruido del estómago de la gente y vuelvan a aprender a hablar en argentino. Si no lo hacen, el futuro les va a pasar por arriba. ¡A espabilarse, que la patria no espera!
