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Periodista, una profesión en extinción ?

Por Marco Mazzino Para Experiencia Mordisquito

Cada 7 de junio, Argentina celebra el Día del Periodista. Es una fecha que suele invitar a la reflexión sobre el oficio, sus desafíos y su papel en la vida democrática. Pero este año hay una pregunta que resulta imposible esquivar: ¿qué ocurrirá con el periodismo cuando las máquinas sean capaces de producir buena parte de los contenidos que hoy generan los seres humanos?

La inquietud no pertenece al terreno de la ciencia ficción. Ya está ocurriendo. Mientras se escriben estas líneas, miles de medios de comunicación en todo el mundo utilizan inteligencia artificial para redactar borradores, resumir artículos, transcribir entrevistas, analizar bases de datos y producir contenidos en distintos formatos. La tecnología avanza con una velocidad que hace apenas tres años parecía improbable. Y, como suele suceder con las grandes transformaciones, el entusiasmo convive con la incertidumbre.

La historia tiene cierta ironía. Durante décadas, los periodistas contamos cómo la tecnología alteraba industrias enteras. Ahora nos toca en primera persona narrar una revolución que atraviesa nuestra profesión. El observador se ha convertido, de repente, en parte de la noticia.

No se trata de demonizar la inteligencia artificial. Sería tan absurdo como haber rechazado la imprenta, la radio o internet en su momento. La IA ofrece ventajas reales. Permite procesar enormes volúmenes de información en segundos, automatizar tareas repetitivas y liberar tiempo para investigaciones más complejas. Bien utilizada, puede convertirse en una aliada poderosa del periodismo.

Sin embargo, detrás de esa promesa aparece una pregunta menos cómoda: ¿quién se beneficia realmente de esta transformación y quién paga sus costos?

La respuesta no es uniforme.

Los grandes grupos mediáticos cuentan con recursos para desarrollar herramientas propias, contratar especialistas y experimentar con nuevas tecnologías. Los medios más pequeños, en cambio, enfrentamos una realidad muy distinta. La inteligencia artificial puede representar una oportunidad, pero también una amenaza existencial.

Un informe publicado en 2026 mostró que los pequeños editores digitales registraron caídas significativas en el tráfico proveniente de Google Search y Google Discover durante el último año. Mientras tanto, las referencias desde plataformas de inteligencia artificial crecieron de forma acelerada, aunque todavía representan una porción mínima del tráfico total.

La paradoja resulta difícil de ignorar. Los sistemas de IA se entrenan utilizando enormes cantidades de contenido producido por periodistas, medios y organizaciones informativas. Luego procesan ese conocimiento y ofrecen respuestas directas a los usuarios, muchas veces sin necesidad de que estos visiten la fuente original.

Es como si una biblioteca hubiera dedicado décadas a reunir libros y, de pronto, alguien se instalara en la puerta para resumirlos a los visitantes antes de que entren. La imagen puede parecer exagerada. Tal vez lo sea un poco. Pero ayuda a entender la magnitud del dilema.

Para los medios locales, el problema adquiere una dimensión aún más preocupante. Son ellos quienes cubren los concejos deliberantes, las escuelas, los clubes de barrio, las cooperativas, las economías regionales y los conflictos cotidianos que rara vez atraen la atención de los grandes medios nacionales. Cuando desaparece un periódico local, no solo se pierde una empresa. También desaparece una mirada.

Y las miradas importan.

Una comunidad sin periodismo de proximidad es como una ciudad sin espejos: los acontecimientos siguen ocurriendo, pero cada vez resulta más difícil comprenderlos.

Los expertos incluso advierten sobre la posibilidad de que surjan nuevos “desiertos informativos”, regiones donde el acceso a información periodística confiable se vuelva cada vez más escaso. No por censura estatal ni por persecución política, sino por una combinación de fragilidad económica y transformación tecnológica.

Hay algo profundamente paradójico en esta situación. Nunca fue tan fácil producir información. Y, al mismo tiempo, nunca fue tan difícil sostener económicamente a quienes la producen. A esa tensión se suma otro debate que apenas comienza: el de la propiedad intelectual.

¿Quién es dueño del trabajo periodístico cuando una inteligencia artificial lo utiliza para entrenarse? ¿Debe existir algún tipo de compensación económica para los medios cuyos contenidos alimentan estos sistemas? ¿Cómo se protege el valor de una investigación cuando su contenido puede ser absorbido, procesado y reformulado por algoritmos que pertenecen a grandes compañías tecnológicas?

En Estados Unidos y Europa la discusión ya ocupa espacios centrales. En América Latina avanza con más lentitud, aunque las preguntas son exactamente las mismas.

La cuestión no es menor. El periodismo profesional requiere tiempo, recursos y personas capacitadas. Las investigaciones complejas no aparecen por generación espontánea. Detrás de cada informe serio hay horas de entrevistas, verificación, contraste de fuentes y trabajo de campo.

La información tiene un costo. Y durante mucho tiempo internet acostumbró a las audiencias a pensar que era gratuita. Como si todo ese esfuerzo surgiera mágicamente de la pantalla. Pero existe otro riesgo menos visible y quizás más profundo.

El riesgo de la uniformidad.

Diversos estudios indican que una parte creciente del contenido digital ya se produce con asistencia de inteligencia artificial. En principio, esto no tiene nada de malo. El problema aparece cuando todos utilizan herramientas similares entrenadas con criterios parecidos.

Los textos empiezan a parecerse. Los titulares se vuelven intercambiables. Las estructuras narrativas se repiten.

Las diferencias se diluyen. La riqueza del periodismo siempre residió, al menos en parte, en la diversidad de voces. Un cronista de frontera observa el mundo de manera distinta a un periodista financiero. Un medio barrial cuenta historias que jamás llegarían a una redacción nacional. Una publicación regional detecta matices invisibles para quien escribe a cientos de kilómetros de distancia.

La inteligencia artificial puede organizar información. Puede sintetizar datos. Puede identificar patrones. Lo que todavía no sabe hacer es conocer una comunidad. No conoce el rumor persistente de un puerto pesquero antes de una tormenta. No entiende las rivalidades silenciosas entre pueblos vecinos. No percibe el clima emocional que se instala en una ciudad cuando una fábrica anuncia despidos. La información puede procesarse. La experiencia humana, por ahora, sigue siendo otra cosa.

Argentina aparece frecuentemente señalada como uno de los países latinoamericanos con mayor adopción de inteligencia artificial en medios de comunicación. Varias organizaciones periodísticas ya desarrollaron herramientas propias para automatizar tareas editoriales, generar versiones de audio, transcribir entrevistas o asistir procesos de investigación.

Los avances son reales y, en muchos casos, admirables. Pero también exponen una tensión creciente. Mientras algunos medios construyen laboratorios de innovación, otros apenas logran sostener sus plantillas de periodistas. Mientras unos exploran nuevas fronteras tecnológicas, otros luchan por sobrevivir en un ecosistema cada vez más hostil. La antítesis es contundente: abundancia tecnológica y escasez económica conviven en el mismo escenario. Por eso el verdadero desafío no consiste únicamente en adoptar inteligencia artificial. Consiste en hacerlo sin destruir aquello que hace valioso al periodismo. La tecnología puede acelerar procesos, pero no debería reemplazar criterios. Puede asistir decisiones, pero no asumir responsabilidades editoriales. Puede ayudar a encontrar información, pero no sustituir el juicio necesario para interpretarla. Al final, la cuestión central sigue siendo humana.

Porque el periodismo nunca fue simplemente una industria de contenidos. Es una institución democrática. Una práctica social. Un mecanismo imperfecto, a veces incómodo, pero indispensable para que los ciudadanos comprendan el mundo que habitan.

Quizás por eso el debate sobre inteligencia artificial y periodismo no debería reducirse a una discusión técnica. En realidad, estamos hablando de algo más profundo: quién investiga, quién verifica, quién pregunta y quién decide qué merece ser contado.

Las respuestas todavía están abiertas. Y probablemente deban construirse entre periodistas, lectores, universidades, empresas tecnológicas y gobiernos. Lo único seguro es que la transformación ya comenzó.

Celebrar el Día del Periodista en 2026 exige hacerlo con los ojos abiertos. Sin nostalgia paralizante, pero también sin ingenuidad tecnológica. La inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta extraordinaria para fortalecer el periodismo. O puede acelerar su deterioro si se utiliza únicamente como una máquina de reducción de costos.

La diferencia dependerá de las decisiones que tomemos ahora. Después de todo, el legado de Mariano Moreno sigue vigente más de dos siglos después. Una sociedad que no se informa difícilmente pueda decidir su destino. La tecnología podrá cambiar los formatos, las plataformas y las herramientas. Pero esa verdad esencial permanece intacta.

Y ninguna máquina, por sofisticada que sea, puede reemplazar la responsabilidad de mirar la realidad con atención, hacer las preguntas correctas y contar aquello que otros preferirían dejar en silencio.

 

 

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