Una revolución sin paraguas
Redacción Experiencia Mordisquito
El 25 de mayo de 1810 fue, sin duda, un hito de audacia política local, pero analizarlo ignorando que el Río de la Plata era una pieza en el ajedrez entre París y Londres es aceptar una historia mutilada. La emancipación política respecto de Madrid fue el prólogo de una nueva y compleja dependencia económica que hoy todavía nos somete. Ahora con otras potencias, algunas emergentes y otras decadentes pero con similares complicidades de los actores internos que también con estridentes gritos de libertad nos vuelven a entregar a los nuevos modelos coloniales de sometimiento político cultural y económico.
La narrativa escolar de la Revolución de Mayo de 1810 suele presentarnos una postal idílica: paraguas frente al Cabildo, escarapelas y un pueblo ferviente reclamando libertad frente al absolutismo español. Sin embargo, la historia oficial —construida luego por el mitrismo— tendió un manto de olvido sobre los verdaderos hilos conductores de la gesta: el contexto geopolítico y los intereses de las potencias imperialistas de la época, fundamentalmente Inglaterra y Francia.
El 25 de mayo no fue un rayo en un cielo sereno, sino el resultado del colapso del imperio español provocado por Napoleón Bonaparte. La invasión francesa a la península ibérica y el cautiverio de Fernando VII dejaron a América ante un vacío de poder. Pero mientras Francia desestabilizaba el viejo orden con sus bayonetas, Gran Bretaña jugaba el juego sutil y voraz de la diplomacia y el libre comercio.
Desde una perspectiva revisionista, la «libertad» festejada en Buenos Aires debe ser matizada. Para el imperio británico, la revolución no era un ideal humanitario, sino una urgencia económica. Asfixiada por el bloqueo continental de Napoleón en Europa, Inglaterra necesitaba desesperadamente nuevos mercados para colocar los excedentes de su Revolución Industrial. Las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807 habían demostrado que las armas no eran el camino; la seducción del contrabando y la alianza con la burguesía comercial porteña.
Figuras clave de la Primera Junta operaron, consciente o inconscientemente, bajo esta lógica. La caída del monopolio español no dio paso a una auténtica independencia económica, sino a una sutil transición: pasamos de ser una colonia formal de una España decadente a convertirnos en una semicolonia informal del emergente Imperio Británico. Los comerciantes británicos se instalaron en el puerto, dinamitaron las industrias artesanales del interior y moldearon una economía agroexportadora a la medida de sus necesidades textiles.
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