Algo se esta rompiendo en el mundo y las calles lo dicen
Por Marco Mazzino
El encierro de la potencia popular, los sueños de los pueblos no caben en las urnas.
Existe una grieta irreversible entre el deseo colectivo de dignidad y las estrechas paredes del sistema representativo tradicional. Afirmar que los sueños de los pueblos no caben en las urnas no implica un rechazo abrumador a la democracia, sino una denuncia histórica sobre la insuficiencia de sus cauces institucionales. Las urnas, diseñadas originariamente para encauzar demandas dentro de ciertos límites de contención social, han quedado reducidas a ritos procedimentales en los que la ciudadanía delega su soberanía cada cierto número de años para recibir, a cambio, administradores de lo inevitable.
Los pueblos no sueñan en clave presupuestaria ni en los términos formales de la gobernanza técnica. Los sueños populares son visiones integrales de justicia, de tierra, de techo, de comunidad, de futuro y de libertad frente a la opresión. Cuando la política formal intenta reducir esa potencia creadora a un papel o a una pantalla táctil, el deseo transformador se asfixia.
En el siglo XXI, este estancamiento cobra una dimensión dramática: la crisis estructural del capitalismo financiarizado ha vaciado de poder real a los parlamentos, a las presidencias y a los jueces. Las verdaderas decisiones sobre el destino de la humanidad no se toman en los congresos, sino en las mesas directivas de los fondos de inversión, en las corporaciones de Silicon Valley y en los algoritmos de la banca global. Pretender resolver las profundas tensiones del presente a través del mero ejercicio del voto es ignorar que el tablero donde se juega la vida cotidiana ha sido privatizado.
La confesión del poder:
Warren Buffett y la resignificación de la lucha de clases
Para comprender la naturaleza de las disputas actuales, conviene recuperar una afirmación reveladora del inversionista estadounidense Warren Buffett:
»Hay una guerra de clases, es cierto, pero es mi clase, la clase de los ricos, la que la está haciendo, y la estamos ganando».
Esta frase destruye el mito liberal de la neutralidad del mercado y la caducidad del conflicto social. Lejos de haberse extinguido con la caída del Muro de Berlín, la lucha de clases en el siglo XXI se ha intensificado, aunque ha cambiado de forma y de método. Ya no se manifiesta únicamente a través del enfrentamiento directo entre el obrero de fábrica y el patrón industrial; hoy opera mediante el desmantelamiento sistemático del Estado Social, la financiarización de los bienes comunes y la captura de las estructuras públicas por parte de las élites corporativas.
La resignificación de la lucha de clases bajo el capitalismo tardío radica en su carácter unilateral. Mientras que a las clases populares se las convenció mediante el discurso meritocrático de que las clases sociales ya no existen y de que el éxito depende del «emprendedurismo individual», las élites económicas globales nunca dejaron de operar con una profunda conciencia de clase. La «guerra» denunciada por Buffett ha consistido en precarizar la vida, abaratar el trabajo, eludir impuestos mediante guaridas fiscales y concentrar el capital a niveles inéditos en la historia humana.
La revolución tecnológica y el trabajo como desordenador social
Esta ofensiva capitalista adquiere una aceleración inédita con la revolución tecnológica, marcada por la inteligencia artificial, la automatización avanzada y la datificación de la conducta humana. Históricamente, el trabajo sirvió en el capitalismo industrial como un principio ordenador de la sociedad. En la Argentina del siglo XX eso rol lo sintetixó el movimiento Peronista. A través de la relación laboral formal, el sujeto no solo accedía a un ingreso monetario, sino a una red de derechos: salud, jubilación, representación sindical, identidad y sentido de pertenencia comunitaria. El trabajo era el canal principal mediante el cual los sectores populares podían exigir y conquistar ciudadanía.
Hoy presenciamos la ruptura de ese pacto. La tecnología, lejos de liberar al ser humano de las tareas penosas como prometía la utopía automatizadora, se ha desplegado bajo una lógica de desposesión:
Sustitución y prescindibilidad: Grandes capas de la población mundial se vuelven estructuralmente «inútiles» para el proceso de acumulación de capital, pasando de ser una fuerza laboral explotable a una masa poblacional sobrante.
Algoritmitzación de la explotación: La llamada gig economy o economía de plataformas ha fragmentado a la clase trabajadora. El antiguo obrero es hoy un «socio» o «trabajador independiente» sumergido en la extrema precarización, supervisado por algoritmos opacos y privado de todo derecho colectivo.
Disolución de la identidad colectiva: Sin un lugar físico común como la fábrica o el taller, y sin la estabilidad del empleo duradero, la solidaridad de clase se debilita. El individuo queda solo frente al mercado, asumiendo los costos de la incertidumbre.
Al perderse el trabajo como ordenador social y garante de derechos, la sociedad se desarticula. La angustia, la anomia y la desesperanza pasan a ser las emociones dominantes de una época donde la supervivencia diaria absorbe la energía que antes se destinaba a la organización política.
