El fantasma del triunfo ajeno, Lula, el peronismo zombi y la fantasía del «militante en la nube»
Por Marco Mazzino
Volver a Perón para superar el fetiche
El peronismo no va a resucitar por milagro, ni por la gracia de un tuit viral, ni porque la historia tenga un compromiso firmado de eternidad con nosotros. Si la victoria de Lula demuestra algo, es que la política requiere audacia, construcción de mayorías, inteligencia táctica y un profundo sentido de la época.
Para dejar de ser un conjunto de tribus desorientadas que autoperciben un pasado glorioso, el peronismo necesita abandonar la pereza intelectual y el fetichismo digital. Hace falta autocrítica sincera, pero sobre todo hace falta coraje para proponer ideas disruptivas que vuelvan a poner en marcha a la Argentina:
Revisar el modelo productivo y laboral: Aceptar que el mundo del trabajo cambió y que no se puede interpelar al trabajador informal de hoy con las recetas de 1945.
Recuperar la territorialidad y el diálogo social: Salir de la trampa del microclima de las redes sociales y volver a escuchar las demandas reales de la comunidad organizada.
Construir un liderazgo colectivo y doctrinario: Entender que la lealtad es a una causa y a un proyecto de Nación, no a la supervivencia de estructuras burocráticas o nombres propios.
Nos decía este dirigente consultado «o nos atrevemos a pensar el futuro con la audacia de los fundadores del movimiento, o seguiremos siendo espectadores pasivos del éxito de los demás, esperando que un ejército fantasma en la red nos salve del olvido histórico.
El ejército de militantes digitales en favor de Cristina: la ilusión del botón mágico
En medio de este desconcierto conceptual y de esta parálisis organizativa, surge con regularidad casi comédica la respuesta favorita de ciertos sectores del espacio: la invocación del «ejército digital».
De golpe, en alguna reunión de mesa chica o en algún grupo de mensajería, un grupo de dirigentes con visiones trasnochadas descubre la existencia de las redes sociales. Y como en una iluminación divina, resuelven la crisis de representatividad con un dictamen mágico: «Hay que armar una red de militantes digitales en favor de Cristina». La pretensión es tan absurda como reveladora: asumen que la voluntad popular, el volumen político y el consenso social se pueden fabricar de la noche a la mañana apretando un par de botones y repartiendo instructivos para posicionar hashtags o tendencias en X.
Esta fantasía del militante en la nube revela un profundo descrédito del trabajo territorial, cultural y político real. Se pretende reemplazar la discusión de ideas, la organización de base, el contacto cara a cara con el vecino y la elaboración de un proyecto nacional con un batallón de cuentas que repiten frases hechas, atacan a disidentes internos y externos, y se autoaplauden en una cámara de eco infinita.
Es la política concebida desde el escritorio de un estratega de comunicación inflado por su propio ego. Creen que porque tres mil cuentas logran mover una tendencia a las dos de la mañana, eso se traduce automáticamente en poder político, conciencia de clase o votos en las urnas. Es el triunfo de la simulación: simular que hay organización donde solo hay bots y simpatizantes aislados; simular que hay mística donde solo hay obediencia prefabricada.
El espejo brasileño: cuando la reconstrucción exige doctrina, no milagros
El regreso de Luiz Inácio Lula da Silva al Palacio del Planalto no fue producto de un chasquido de dedos ni del azar cósmico. Tampoco fue el resultado de un puñado de eslóganes virales lanzados en redes sociales un martes por la tarde. Fue, ante todo, la culminación de una construcción política paciente, pragmática, doctrinaria y transversal. Frente al avance del bolsonarismo —una fuerza social orgánica, ruidosa y profundamente enraizada en sectores populares, evangélicos y del agronegocio—, Lula entendió algo básico: no alcanzaba con el recuerdo nostálgico de los años dorados de su anteriores gobiernos, ni con apelar al dogmatismo identitario. Hizo falta articular alianzas amplias (incluso con sus antiguos adversarios del centro de la política brasileña, como Geraldo Alckmin), volver a pisar el territorio, reconstruir el tejido social desde la base y ofrecer una propuesta amplia de gobernabilidad y progreso.
En la Argentina, sin embargo, el triunfo de Lula suele consumirse como si fuera un espectáculo de streaming o una mercancía importada: con el entusiasmo pasivo de quien mira un hito ajeno y pretende copiar la fórmula sin hacer el trabajo pesado. Desde los rincones del movimiento nacional, muchos saludaron la victoria del en Brasil con suspiros de alivio y consignas triunfalistas, ignorando deliberadamente las enormes diferencias conceptuales, metodológicas y organizativas que separan la experiencia brasileña de la dramática realidad de la política argentina contemporánea.
Mientras Lula edificaba una hegemonía amplia sobre la base del diálogo social y la reconstrucción institucional, aquí la política de los últimos años prefirió el repliegue sectario, el internasmo feroz y la balcanización del espacio público. Mirar a Brasil debería funcionar como una bofetada de realidad, pero en las filas criollas funcionó apenas como un ansiolítico temporal.
Tribus dispersas y la autopercepción de ser peronista
Aceptémoslo sin anestesia: el peronismo, tal como lo entendieron Perón, sus contemporáneos o incluso las generaciones que resistieron las etapas de proscripción y dictadura, hoy no existe como estructura política unificada ni como proyecto histórico en marcha. Lo que existe actualmente es una suma de tribus dispersas, parroquias feudales y selvas de egos inflados donde prima la autopercepción.
»Nos hemos convertido en una confederación de identidades autopercibidas», nos dijo un importante dirigente q1ue nos pidío reserva. Está el peronismo de comité universitario, el peronismo consultor de Puerto Madero, el peronismo orgánico de municipio suburbano que administra la miseria con vocación burocrática, y el peronismo telemático de red social que reparte carnets de pureza ideológica desde un teclado. Todos se reclaman herederos legítimos del Movimiento Nacional, pero ninguno se habla verdaderamente con el otro, salvo cuando hay que negociar una lista de concejales o cerrar una pauta presupuestaria.
Esta fragmentación tribal no sería destructiva en sí misma si existiera una discusión doctrinaria o estratégica de fondo. El problema es que el vacío conceptual es absoluto. No hay debate sobre el modelo de desarrollo, ni sobre el rol de la tecnología, la energía, la inserción internacional o la transformación del trabajo informal. La discusión política se redujo a la supervivencia individual y al posicionamiento estético. Se reivindica la pertenencia al «movimiento» con la misma fe ciega con la que se sigue a un club de fútbol en su peor momento institucional: con pasión, camisetas arrugadas y cantitos, pero sin la menor idea de cómo ganar el partido ni hacia dónde correr la pelota.
La falta de ideas disruptivas: cuando la nostalgia reemplaza al futuro
Si Perón volviera a caminar por la Argentina del siglo XXI, lo primero que haría sería preguntar por qué nos quedamos congelados en las consignas de mediados del siglo XX. El peronismo nació como una respuesta disruptiva, moderna, industrialista y profundamente pragmática frente a un país agroexportador que dejaba afuera a millones de trabajadores. Nació para transformar la estructura socioeconómica de la Nación, no para recitar estrofas del pasado como si fueran mantras religiosos.
¿Dónde están hoy las ideas disruptivas del peronismo? ¿Quién propone una reforma profunda que contemple a los millones de trabajadores expulsados del sistema formal, a los repartidores de aplicaciones, a los monotributistas endeudados y a la economía popular sin derechos? La respuesta es un silencio estruendoso, apenas interrumpido por consignas añejas y proyectos defensivos que buscan conservar parcelas de poder insignificantes.
Nos hemos vuelto conservadores de las glorias pasadas. En lugar de disputar el futuro y desafiar el sentido común dominante con propuestas audaces de soberanía tecnológica, desarrollo regional y justicia distributiva para el siglo XXI, el debate interno se estancó en la reivindicación melancólica. Olvidamos la enseñanza fundamental de que la única verdad es la realidad: si la realidad cambió, la doctrina debe actualizarse y las herramientas operativas deben reinventarse. Al no ofrecer un proyecto transformador, se le cedió la bandera de la rebeldía y el cambio a opciones políticas que supieron interpelar el enojo y la frustración de la sociedad.
