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El zumbido que conquistó la calle: crónica de las motos pequeñas. La Ciudad en disputa

Por Redacción Experiencia Mordisquito

Hay sonidos que definen una época. El tañido de las campanas, el silbato del tren, la bocina  desesperada del los autos. Y luego está ese otro sonido, más insistente, casi obstinado: el zumbido agudo de las motos de baja cilindrada, que se cuelan por las calles de ciudades pequeñas como un enjambre con prisa. No es un rugido épico, ni siquiera una melodía urbana: es más bien una vibración constante, como un mosquito que ha decidido que la ciudad entera es su oído. Vale la pena comentar y muchos de ustedes lo habrán notado que en los ùltimos meses comenzaron a aparecer algunas motos, no todas que le sumaron un pedorreo insoportable que , según me cuentan los que saben, es un corte de corriente que le ponen  a la moto para que literalmente «fallen» y generen un insoportable ruido que ubicado a la siesta o a las dos de la madrugada se torna en un elemento que alerta, lesiona e indispone a todos por igual.

En las localidades de menos de 100.000 habitantes —esas que alguna vez se pensaron a sí mismas como tranquilas, casi inmunes al vértigo de las grandes urbes— la proliferación de motocicletas ligeras ha introducido una paradoja fascinante. Lo que llegó como solución económica y práctica se ha transformado, en muchos casos, en una fuente de fricción cotidiana. La libertad individual, encarnada en dos ruedas, se enfrenta ahora con la necesidad colectiva de cierto orden en el tránsito y mínimas condiciones de seguridad. Andar con casco, no transitar con mas de dos personas sobre la moto, tener las luces encendidas. Lo básico para que no parezcamos la India.

La moto como símbolo: entre la emancipación y el descontrol

No es difícil entender el auge. Las motos de baja cilindrada son, en términos económicos, casi un gesto de rebeldía accesible. Baratas de adquirir, de mantener, de alimentar. En contextos donde el transporte público es escaso o ineficiente, se convierten en una extensión del cuerpo, como si cada ciudadano pudiera, por fin, apropiarse del tiempo y del espacio. Irónicamente, en esa democratización del movimiento, lo que se multiplica no es la libertad, sino el conflicto.

Porque donde antes pasaban diez coches, ahora pasan cincuenta motos. Y no siempre con las mismas reglas. La agilidad que las hace útiles es también la que las vuelve impredecibles. Se deslizan entre peatones, sortean semáforos con una interpretación creativa de la norma, convierten la vereda en una extensión improvisada de la calzada. Son, en cierto modo, como el agua: encuentran siempre el camino más fácil, incluso si ese camino no estaba pensado para ellas.

El peatón: ese antiguo dueño de la calle

Hubo un tiempo —no tan lejano, aunque ya parezca una fábula— en que las calles de estas ciudades como Las Toninas eran territorio del peatón. Caminar no era una actividad defensiva, sino una experiencia cotidiana, casi despreocupada. Hoy, en cambio, cruzar una calle puede sentirse como negociar un tratado internacional: mirar a ambos lados, anticipar lo imprevisto, confiar —con cierta ingenuidad— en que el otro respetará las reglas.

Aquí emerge una antítesis que define el problema: la fragilidad del cuerpo humano frente a la velocidad ligera pero constante de la moto. No es el impacto brutal de un automóvil lo que domina el imaginario, sino la acumulación de pequeños riesgos, de sustos diarios, de roces que rara vez se registran pero que configuran una sensación persistente de inseguridad.

Y, sin embargo, sería simplista demonizar al motociclista. Muchos de ellos son también peatones en otros momentos del día. La frontera entre víctima y verdugo se vuelve difusa, casi irónica: quien esquiva motos por la mañana, puede ser quien las conduce por la tarde.

El ruido como forma de ocupación

Si la moto ocupa espacio físico, también coloniza el acústico. En ciudades pequeñas, donde el silencio tenía un valor casi patrimonial, el ruido de los motores se convierte en una presencia invasiva. No es solo volumen; es repetición. Un sonido que no descansa, que irrumpe en la siesta, que se cuela por las ventanas como un visitante sin modales.

Podría parecer un detalle menor, pero el ruido tiene consecuencias sociales y psicológicas bien documentadas: estrés, alteraciones del sueño, irritabilidad. La moto, en este sentido, no solo se desplaza por la ciudad; la transforma. Cambia su ritmo, su respiración, su manera de ser habitada.

Ordenar el caos: una tarea pendiente

Las autoridades locales suelen enfrentarse a este fenómeno con una mezcla de resignación y medidas parciales. Regulaciones que existen en el papel pero se diluyen en la práctica. Controles esporádicos que actúan más como advertencia que como solución estructural. Y, en el fondo, una dificultad real: ¿cómo restringir un medio de transporte que, para muchos, no es un lujo sino una necesidad?

Aquí la historia ofrece una pista, aunque no una solución fácil. Cada revolución en la movilidad —del carruaje al automóvil, del tren al metro— ha generado su propio periodo de cáos antes de encontrar un equilibrio. La diferencia es que, en este caso, el cambio no vino con grandes infraestructuras ni planes estatales, sino con miles de decisiones individuales acumulándose como granos de arena hasta formar una tormenta.

La respuesta en general de los funcionarios es política, pero de las malas, las solo electorales. Te dicen: si le quitas la moto no te votan. Es una buena idea para transferir a todas las otras actividades, tasas, permisos, reglamentos, ect. Que falta de creatividad verdad. Después llega un «topo» y desde adentro del Estado te quita hasta la comida del plato e igual lo votas. Cosas vedere sancho!!!

Epílogo: la ciudad en disputa

Quizá la pregunta de fondo no sea cuántas motos hay, sino qué tipo de ciudad se quiere construir. Una ciudad no es solo un conjunto de calles y vehículos; es un acuerdo tácito sobre cómo convivir. Y en ese acuerdo, cada actor —peatón, conductor, autoridad— tiene una parte de responsabilidad.

Las motos de baja cilindrada, con su aparente modestia, han puesto sobre la mesa una cuestión mayor: el equilibrio entre la libertad de moverse y el derecho a vivir sin miedo ni ruido constante. Son pequeñas, sí. Pero su impacto, como una gota que insiste sobre la piedra, ha terminado por esculpir una nueva realidad urbana.

Y tal vez ahí resida la ironía final: en ciudades donde todo parecía estar a escala humana, ha sido precisamente lo más pequeño —esas motos ligeras, casi discretas en apariencia— lo que ha desatado un problema de proporciones inesperadas.

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