En La Costa, el verano no es una estación: es un estado de emergencia económica con fecha de vencimiento. Cada año, el corredor bonaerense concentra en apenas cincuenta días la casi totalidad de su actividad productiva, su empleo y su circulación de dinero. El resto del año, la postal cambia radicalmente: persianas bajas, calles desiertas y una sociedad que convive con la fragilidad de un modelo que nadie parece dispuesto o no sabe cómo transformar.

La trampa de las casas sin dueño durante diez meses

Los partidos de La Costa son los distritos con mayor densidad de viviendas de uso turístico y estacional de la provincia de Buenos Aires. Miles de propiedades —muchas de ellas en manos de familias del interior bonaerense y de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires— permanecen vacías durante más de trescientos días al año. Son casas que no consumen, no generan movimiento comercial y no crean comunidad. Son, en el lenguaje del urbanismo contemporáneo, «viviendas ociosas»: activos inmobiliarios que distorsionan el valor del suelo sin alimentar la economía local. No podemos dejar de mencionar el riesgo que esto tiene en relación a las posibles robos, ocupas, ventas fraudulentas y otras yerbas que dejaremos para próximas notas

Este fenómeno tiene consecuencias directas sobre el acceso a la vivienda de los propios residentes permanentes. El mercado inmobiliario por la demanda especulativa y turística, hace que alquilar o comprar una propiedad resulte inalcanzable para el trabajador local que gana su sueldo en pesos todo el año pero compite por el mismo metro cuadrado con el los inversores externos que ahorran en dólares y los entierran en proyectos de viviendas que aportan en gran medida la perdida del valor general del mercado inmobiliario. La paradoja es brutal: quien sostiene el destino no puede vivir dignamente en él.

El trabajador local sostiene el destino durante el verano, pero el mercado inmobiliario le impide echar raíces. Así se construye una comunidad sin arraigo y una economía sin futuro. Muchos de los que año a año se quedan a vivir en los distritos costeros terminan cambiando su asinamiento en el conurbano a una nueva forma de alienación pero con aire marino y arena en los pies.

Cincuenta días para sobrevivir doce meses

La temporada estival en La Costa dura, en el mejor de los casos, cincuenta días. Desde el 20 de diciembre hasta mediados de febrero, el distrito bulle de actividad: restaurantes llenos, balnearios desbordados, comercios con colas en la caja. Pero esta concentración extrema de la actividad económica en un período tan breve genera una estructura productiva profundamente frágil.

Más del cincuenta por ciento de los comercios permanecen cerrados durante el invierno. Gastronomía, indumentaria, artículos de playa, alojamiento: todos estos sectores hibernan durante la mayor parte del año. Los trabajadores de la economía informal —que son mayoría en el sector de servicios turísticos— enfrentan meses sin ingresos, sosteniéndose con changas, planes sociales o la emigración temporaria hacia otros distritos. Tampoco los emprendedores que cada año apuestan sus ahorros y sus esperanzas a que los salve la temporada. Esto ya es ficción. No existe mas.

Ni que decir de los servicios de la playa que muchas veces termina beneficiando a vendedores y trabajadores que reciben pagos informales y que en general provienen de distritos del conurbano para «hacer la temporada».

DIAGNÓSTICO ECONÓMICO ESTRUCTURAL
  • La economía local depende casi exclusivamente del sector servicios, sin diversificación productiva.
  • La estacionalidad extrema genera desempleo estructural durante más de nueve meses al año.
  • La informalidad laboral es endémica: buena parte del empleo estival carece de registración.
  • La ausencia de industria, agroindustria o servicios de valor agregado limita el horizonte de crecimiento.
  • Las pymes locales no logran acumular capital suficiente para sobrevivir al ciclo invernal sostenidamente.
  • Una de las principales posibilidades laborales provienen del Estado y por lo tanto se configuran en una forma mas de clientelismo político.

El mercado laboral, así configurado, no genera movilidad social. Un joven que nace en La Costa tiene ante sí un horizonte estrecho: trabajar en temporada, emigrar en invierno o resignarse a la precariedad como modo de vida. Sin empresas medianas, sin servicios profesionales robustos, sin manufactura ni tecnología, el talento formado abandona en las universidades que hay en La Costa Atlántica el territorio y muchas veces no vuelve. Los  distritos pierden capital humano en el mismo movimiento con que pierden veraneantes cada verano.

La obra pública que no llegó —o  llegó demasiado tarde

Durante años, la obra pública fue el gran amortiguador de la estacionalidad en los municipios turísticos de la Costa Atlántica. Los planes de infraestructura —pavimentación de calles de arena, un error que a algunas localidades le costo no tan solo estética, sino algo mas grave, les generó problemas de inundaciones que no tenían en el pasado , cloacas incompletas y saturadas por la concentración de edificios, acceso al agua corriente y potable, remodelación de costaneras, iluminación, ect.— Todo esto generaba empleo genuino durante el invierno y mejoraba la calidad de vida de los residentes permanentes. Hoy, ese flujo se redujo drasticamente y en algunos casos prácticamente desapareció.

La caída de la inversión en obra pública responde a una combinación de factores que se retroalimentan: restricciones presupuestarias de los gobiernos provincial y nacional, gestión municipal ineficiente y, en muchos casos, la persistencia de contrataciones ligadas a intereses políticos que priorizan visibilidad electoral sobre impacto real. Gestión ineficiente en el cobro de los impuestos y tasas. Despilfarro que en algunos casos se traducen en niveles altos de corrupción. El resultado es territorio degradado: calles, veredas y paseos en mal estado, falta de infraestructura de saneamiento en barrios alejados del centro, espacios públicos deteriorados.

La paradoja es que la obra pública no sólo genera empleo: también valoriza el destino turístico. Un balneario con buena infraestructura, accesos pavimentados y servicios básicos universales es un balneario más competitivo. El deterioro de la inversión pública no sólo daña al residente; daña al turista y, en última instancia, a la economía que depende de él.

La obra pública no es un gasto; es la inversión que convierte un destino estacional en un territorio viable. Cuando esa inversión desaparece, lo que se erosiona no es el asfalto: es la confianza.

Nepotismos, caudillismos y el costo de la política sin renovación

Quizás el diagnóstico más difícil de escribir —y el más urgente de leer— es el que concierne a la cultura política de los distritos. La Costa atlántica bonaerense, como tantos municipios de la provincia de Buenos Aires, arrastra décadas de prácticas que dañaron profundamente la confianza ciudadana: el nepotismo enquistado en las estructuras del Estado municipal, el caudillismo que convierte a los liderazgos políticos en propiedades personales y la ausencia de mecanismos reales de renovación de dirigentes.

El nepotismo —la designación de familiares y allegados en cargos públicos con prescindencia de la idoneidad— no es sólo una cuestión ética. Es, ante todo, un problema de eficiencia institucional. Un municipio gestionado por redes de lealtad personal en lugar de cuadros técnicos capacitados pierde capacidad de respuesta, se vuelve opaco y acumula ineficiencias que tarde o temprano el vecino paga con servicios deficientes o impuestos sin contrapartida visible.

El caudillismo, por su parte, produce un fenómeno igualmente nocivo: la personalización extrema del poder político en figuras que se vuelven irremplazables —o que se hacen irremplazables— y que bloquean la emergencia de nuevos liderazgos. En La Costa, como en muchos distritos del interior bonaerense y del país, no es raro que los mismos apellidos circulen durante décadas por los cargos ejecutivos y legislativos del municipio, con variaciones cosméticas que no alteran el núcleo del poder real.

UN DÉFICIT QUE VA MÁS ALLÁ DE LA POLÍTICA
  • La falta de renovación afecta también a las cámaras empresariales, donde los mismos referentes ocupan posiciones directivas por lustros sin competencia interna real.
  • Los sindicatos y gremios del sector servicios replican el mismo patrón: conducción vitalicia, escasa democracia interna y representación formal sin agenda de transformación.
  • La ausencia de alternancia en estos espacios produce instituciones débiles, poco legítimas y desconectadas de los trabajadores y comerciantes que dicen representar.
  • La sociedad civil organizada —cooperativas, asociaciones vecinales, entidades intermedias— muestra también señales de agotamiento representativo.

La consecuencia más corrosiva de estos procesos no es política: es la desconfianza social generalizada. Cuando los vecinos perciben que el municipio funciona para beneficio de una red de allegados y no para el bien común, se rompe el lazo de legitimidad que hace posible la gobernanza efectiva. Los proyectos colectivos se vuelven sospechosos; la participación ciudadana mengua; y el cinismo se instala como única respuesta racional frente a un sistema que no premia la virtud cívica sino la pertenencia al círculo adecuado de poder.

¿Qué queremos?

El diagnóstico es severo pero no irreversible. La Costa bonaerense tiene activos reales: un litoral de valor paisajístico extraordinario, una comunidad local resciliente, una ubicación geográfica privilegiada y una marca turística que, aunque mal explotada, conserva vigencia. El problema no es la geografía ni la vocación; el problema es la acumulación de deudas estructurales —económicas, institucionales y políticas— que no han sido saldadas.

Diversificar la economía más allá del turismo de sol y playa; extender la temporada mediante turismo cultural, deportivo y de naturaleza; regularizar y activar el parque de viviendas ociosas mediante políticas de alquiler no turístico formal; recuperar la inversión en infraestructura con criterios técnicos y transparencia en la contratación: estas son algunas de las palancas disponibles. Ninguna es novedosa. Todas requieren lo mismo: voluntad política genuina y dirigentes dispuestos a gobernar para la comunidad y no para sí mismos. Es decir vocación de servicio y participación. Se alaba  mucha a la cultura pionera, pero quienes están hoy dispuestos a recrear esa vocación que permitió hacer todo lo que hoy existe.

La pregunta más incómoda es también la más necesaria: ¿quiénes van a liderar esa transformación? La renovación de liderazgos —en la política, en las empresas, en los gremios— no es un capricho generacional. Es una condición de posibilidad. Las mismas personas que construyeron el modelo actual difícilmente sean las que lo superen.

La Costa no necesita que alguien le descubra el problema. Necesita que alguien tenga el coraje de nombrarlo en voz alta y la voluntad de pagar el costo de cambiarlo.

Mientras tanto, el mar seguirá siendo el mismo en enero y en julio. La diferencia está en quién lo mira: el turista que llega con expectativas o el vecino que se pregunta, año tras año, si en algún momento alguien tomará en serio la tarea de construir un territorio donde valga la pena vivir los trescientos sesenta y cinco días del año.